EL DELEGADO DE MIGRACIONES DE LA DIÓCESIS DE CÁDIZ Y CEUTA ES ENTREVISTADO EN EL DIARIO “EL PAÍS”

PEDRO ESPINOSA / EL PAÍS

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“Hay que vivir con menos para que los que no tienen nada puedan vivir”

  • La Fundación Tierra de Todos atiende las necesidades de formación de sus vecinos, ofrece oportunidades a los jóvenes sin claro destino y orienta a los inmigrantes recién llegados
En las paredes de la Fundación Tierra de Todos hay fotografías de niños que sonríen. Les acompañan palabras. Felicidad. Confianza. Esperanza. Los letreros de las aulas y las oficinas tienen nombres de barrios populares de Cádiz. Y en el salón de actos hay una enorme foto del Estrecho donde se distinguen perfectamente ambas orillas. En estas imágenes se resume el espíritu de esta organización, encabezada por el sacerdote Gabriel Delgado, director del secretariado de Migraciones del Obispado de Cádiz y Ceuta. En esta sede, entre las dos catedrales de la capital gaditana, la vieja y la nueva, se creó esta fundación para atender las necesidades de formación de sus vecinos, para ofrecerles oportunidades a los jóvenes sin claro destino, para orientar a los inmigrantes recién llegados. Aquí los dramas de la crisis tienen cara. Gabriel Delgado se sienta a hablar con un informe de Cáritas por delante. El que dice que 11 millones de españoles están en riesgo de pobreza. El que dice que en cerca de 600.000 hogares no entra ningún ingreso.

 Pregunta. ¿Cómo se nota la crisis aquí en la Fundación?

Respuesta. Todo esto, siendo una situación escandalosa, pasa a ser trágica, cuando le ponemos nombres y apellidos. Me acuerdo de Luis e Isabel, casados, con un hijo, en paro, con una situación de hipoteca insostenible. Cada uno se ha tenido que ir a vivir a casa de sus padres, por separado. Ellos son jóvenes pero está ocurriendo en familias mayores. Como Ana y Manolo. En este caso, no podían soportar el gasto del alquiler. Se han tenido que ir a casa de familiares. En la inmigración pasa lo mismo. Se multiplica el paro. Una inmigrante boliviana, Lidia, con tres hijos, que llevaba mucho tiempo con amenaza de desahucio en la casa, o Mohamed y Fátima. A ellos el paro les lleva a vivir del socorro social, de Cáritas, de Cruz Roja. Los números se convierten en tragedia cuando dejamos de verlos como números

P. ¿Qué se puede hacer? ¿Cómo se atiende a tanta gente con problemas?

R. El obispo de Cádiz publicó por Cuaresma una carta que dice cosas interesantes. Lo económico se ha convertido en una especie de valor supremo, en una especie de Dios. Y estoy de acuerdo. Esto es fruto de una historia reciente en la la que todos hemos convertido el dinero y el poder en una forma de acaparar una especie de sueño de felicidad. Y ahora eso se tambalea. Yo no pierdo la esperanza de que esto sirva para que volvamos a situar al ser humano en el centro de las cosas.

P. ¿Pueden hacer algo las administraciones?

R. Yo creo que todo esto requiere por parte de la administración una atención preferente para estas familias. Si no se plantea un plan de emergencia con estas familias en situación de pobreza, realmente la distancia entre los que tienen y los que no tienen va a ser insostenible. Es muy importante poner en la mirada como acción preferente las familias que están pasándolo mal. Y, en estos momentos, la familia está siendo un sostén, toda una plataforma de apoyo. Pero hay que advertir a las administraciones de que eso hay que respaldarlo. Porque el paro y el sufrimiento genera tensiones, provoca una convivencia difícil. La familia tiene un valor como red de apoyo pero hay que cuidarla por parte de todos.

P. ¿Cómo sienten la crisis los colectivos que atienden a los más necesitados?

R. Hay un riesgo ahora mismo de desmantelamiento de estas organizaciones que están trabajando en el campo de lo social. Se reducen los apoyos económicos y hay un grave problema por el impago de los compromisos económicos adquiridos por las administraciones. Hay entidades que han tenido que cerrar oficinas o dejar de ofrecer servicios. Y eso deja en la cuneta a inmigrantes, jóvenes o colectivos en riesgo. Esto es grave porque hay redes que desaparecen. También está en riesgo la cooperación internacional. Aquí estamos mal pero en esos países siguen estando con muchas dificultades. En ese sentido, hay que valorar el papel de la Iglesia. Hay parroquias situadas en barrios concretos, en pueblos, que están haciendo un gran trabajo.

P. Pero también en estos momentos han crecido las críticas a la Iglesia y los requerimientos a que tenga otro papel.

R. Yo conozco bien a la Iglesia. Y estoy convencido de que sí que hay muchas cosas que mejorar. Pero nadie puede negar que la Iglesia está en primera línea de donde se está ahora mismo viviendo las más grandes dificultades. Y están con los colectivos excluidos, los que nadie quiere. Es verdad que siempre estamos en la lupa. Tenemos que hacer lo que decimos y si fallamos en eso, nos lo recuerdan. Hay un gran esfuerzo y lo que más valoro es que hay mucha gente de la Iglesia en la primera línea. Y si se cae el tejido social de asociaciones y ONG, al menos, la Iglesia siempre va a estar ahí.

P. ¿Siente que también han aumentado los mensajes contra los inmigrantes’

R. Es verdad que, en momentos de dificultades, llegan más mensajes del tipo que la gente de fuera nos quita lo que tenemos. Lo que hay que recordar es que, en estos momentos, el colectivo que más está sufriendo el paro es el de los inmigrantes. Todo esto hay que mirarlo ya de otra manera. Caminamos a una sociedad global en la que todos somos ciudadanos. Somos socios unos y otros. Y hay una aportación que hay que agradecer a la inmigración. La sociedad española se ha enriquecido y se sigue enriqueciendo con una importante cantidad de trabajadores más jóvenes que venían de fuera. Hay que valorar el gran trabajo que han hecho y siguen haciendo. Están atendiendo a los ancianos, a los niños de nuestras familias, a los enfermos. Hay un nicho laboral que, hasta ahora, no ha sido ocupado por autóctonos. Lo que no se puede hacer es mirar bien la inmigración cuando nos beneficia y, en momentos de dificultades, se piense que la solución sea que se vayan. Eso no es justo ni ético. Esto es una nueva sociedad en la que todos nos necesitamos. A alturas ya casi no les podemos llamar inmigrantes, son ciudadanos de aquí, son vecinos. ¿Cómo nos podemos atrever a decirles nada, cuando han convivido con nosotros, cuando sabemos el trabajo que hacen?

P. ¿Qué papel debemos asumir individualmente?

R. Hay que poner en el centro de todo a la persona. Apropiándome y adaptando una conocida frase de Joseph Cardijn, hoy se podría decir que la dignidad de cada persona vale más que todo el oro de mundo. Por eso, el derecho que tiene cada uno de los cinco millones de parados y sus familias a una vida digna, cuestiona el propio funcionamiento y la orientación del sistema económico español y europeo y también nos cuestiona a toda la sociedad. Nadie puede ser mero espectador de lo que está pasando. Hay que animar a la solidaridad. A las redes sociales organizativas hay que apoyarlas decididamente porque están en riesgo de quiebra. La sociedad debe dejar de ser espectadora y reorientar la vida que hemos llevado. Hay que vivir de otra manera. Hay que vivir teniendo en cuenta a todos los demás. Hay que fortalecer el compartir. Hay que vivir con menos para que los que no tienen nada puedan vivir.

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