REFLEXIONES EN PASCUA: LUIS SÁNCHEZ FRANCISCO

MCS-OBISPADO / OPINIÓN

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El celebrar la Resurrección de Cristo es algo único: los musulmanes no celebran la de Mahoma o los budistas la de su Fundador. La gente, en la calle, no manifiesta demasiado entusiasmo con la Pascua, ya se oye poco la expresión “más feliz que unas Pascuas”. Se comenta las inclemencias del tiempo en las vacaciones de Semana Santa, los atascos y las procesiones, la ocupación hotelera …  La Navidad parece más popular, porque no es complicado creer en el nacimiento de Jesús, históricamente demostrable, y además va unido a dos hechos prácticos, que son los regalos y el cambio de año. Lo normal es que no se sepa muy bien cómo celebrar la Pascua, porque no se cree demasiado en la Resurrección de Jesús, o se dan afirmaciones sobre la misma bastantes extrañas al tiempo de Pascua. Surge enseguida la pregunta de si se trata de un mito o una realidad; si fue una creación de los seguidores de Cristo o –por el contrario– hay suficiente evidencia histórica para aceptar la Resurrección como un hecho. Entre  no pocos cristianos resulta delicado hablar de la Resurrección porque, sin duda, es un misterio, pero la forma de pensar “correcta” mal llamada “moderna” nos aleja más y más del significado profundo de la celebración. En realidad, siempre ha habido buenas razones de tipo moral y de tipo espiritual para no fijarse en la riqueza de la Resurrección. En efecto, como estaba previsto en el Evangelio de San Juan, los hombres han elegido la oscuridad antes que la luz: reacción natural de quien obra mal. El hombre mundano –como afirma San Pablo– no acepta las cosas del Espíritu de Dios.

Ciertamente, esto debería impulsar aún más nuestra actividad de investigación y estudio (y como no de oración). En las próximas semanas desmenuzaremos en humildad de propósito, incluso intelectual, siguiendo el estilo de San Pablo y de tantos santos para mirar con sencillez lo que Cristo nos quiere decir con la luz de su Resurrección.  La muerte en la cruz le había convertido a los ojos de todos en alguien maldito (Gal 3,13), y sus seguidores o huyen o guardan silencio y lo entierran anonadados en incomprensible dolor. (¿Cómo pudo morir si era Hijo de Dios?). El Padre corrige a las autoridades judías y romanas de la época, y éste será el contenido de la predicación apostólica posterior: “Vosotros lo matasteis clavándolo en la cruz… y Dios lo resucitó” (Hch. 2, 23-24).

Tomás no estará presente (nosotros tampoco) en estas primeras apariciones del Resucitado  a los suyos. ¡Qué sufrimiento, del resto de los apóstoles para convencerle de la resurrección de Cristo, de su divinidad!  “Si no veo, no creo…” ¿No habéis notado lo que se sufre (y no sólo intelectualmente) cuando se intenta “probar/demostrar” a alguien la resurrección y la divinidad de Cristo? La impotencia de poder transmitir el don de la fe. Porque efectivamente, sin la divinidad de Cristo: Dios está lejano; el Evangelio es uno de los muchos libros religiosos de la humanidad; la Iglesia; una simple institución; la evangelización; una propaganda; la liturgia, evocación de un pasado que ya no está; la moral cristiana, un peso nada ligero y un yugo nada suave. Pero si Cristo es el resucitado que vive en el Espíritu; el Evangelio es palabra definitiva de Dios a toda la humanidad; la Iglesia, sacramento universal de salvación; la evangelización, compartir un don; la liturgia, encuentro gozoso con el resucitado; la vida presente, inicio de eternidad. Pero la pregunta nos sigue abierta y nos sale al encuentro en nuestras relaciones ¿Cómo “demostrar” la divinidad de Cristo a los tomases de todos los tiempos? ¿Cuál es el criterio de credibilidad?

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Un pensamiento en “REFLEXIONES EN PASCUA: LUIS SÁNCHEZ FRANCISCO

  1. Muchas gracias. Por eso nuestra religión no es “de libro”, sino de “religión”, de relación. Y de relación con Cristo contemporáneo nuestro porque vive resucitado. Y nuestra “formación” es fruto en primer lugar de esa relación. Es cierto que hay que impulsar la investigación y el estudio para dar razón de nuestra fe, pero (sin excluir ese aspecto que es fundamental) lo imprescindible es alimentar esa relación de encuentro con Cristo. Y entonces evangelizar será en primer lugar (sin excluir otras cosas) facilitar a los demás ese encuentro; es presentarles a Cristo, el resto lo hará Él. Claro que para poderlo llevar a los demás lo primero es dejarme evangelizar a mí mismo. “Jesucristo no eligió a los preparados, preparó a los elegidos”. Y nos prepara Él y nos dice como a San Pablo “Te basta mi Gracia”.
    Un fuerte abrazo y gracias de nuevo.

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