FALLECE FRAY ABELARDO, UN INCANSABLE PEREGRINO POR LOS SENDEROS DEL PENSAMIENTO Y DE LA PALABRA

JOSÉ A. HERNÁNDEZ / DIARIO DE CÁDIZ

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  • Lobato residía en la residencia de San Juan de Dios y pertenecía a la Orden de Predicadores
Abelardo Lobato

Abelardo Lobato

Finalmente, el padre Abelardo Lobato ha fallecido en Cádiz, tras un incansable peregrinaje por los caminos de la tierra y por las sendas del espíritu. Se ha despedido de todos nosotros repitiendo, de manera insistente, su palabra preferida: “gracias”.

Con ella definía con precisión no sólo la riqueza y la fecundidad de su dilatada, generosa y gratificante biografía, sino que, además, expresaba su ilimitada gratitud a Dios, a la Iglesia, a la Orden de Predicadores y a todas las personas que le habían acompañado durante su intensa y apasionante vida. Y es que este sacerdote dominico, estudioso y difusor de la filosofía tomista, cultivador del pensamiento, del lenguaje y de la belleza, ha apoyado todas sus actividades pastorales en la explicación de la palabra y de la persona de Cristo, el fundamento, como él explicaba, de una antropología que reconoce el valor trascendente de cuerpo porque “comienza en el misterio de la encarnación y culmina con la resurrección de la carne”.

En las entrecortadas conversaciones que hemos mantenido durante las últimas semanas, el padre Abelardo ha profundizado en las razones íntimas de ese irreprimible “deseo de durar”, en esa permanente lucha del espíritu contra la muerte y en la esperanza consoladora de sobrepasar el tiempo con la fuerza de la fe y del amor.

Varios de sus compañeros de la Residencia Geriátrica de San Juan de Dios me han comentado la alentadora luz que proyectaban su aguda mirada, su abierta sonrisa y su serena alegría. Y es que, a pesar de que él conocía la gravedad y el pronóstico de su dolencia, transmitía, incluso con su progresivos y con sus elocuentes silencios, unas estimulantes e irreprimibles ganas de seguir viviendo y creciendo. Como me decía Manolo Herruzo, la imagen de este señor y, en especial, la cara de esta “buena persona” muestran cómo somos más que mente y más que cuerpo.

Con entusiasmo y con gratitud, con admiración y con afecto, charlamos pausadamente sobre las relaciones hondas entre la fe y la razón, sobre la oportuna refundación de la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino, sobre el desvelo permanentemente mostrado por el beato Juan Pablo II en múltiples y dilatadas conversaciones, sobre la continuidad y la renovación intelectual impulsada por Benedicto XVI en la encíclica Fides et Ratio. Pero, sobre todo, me llamó la atención la admiración y el afecto con los que me habló de los profesores Lluís Clavels, Eduardo Forment, Francecs Canals, Enrico Berti, Jarosl Kupczak, Olegario González de Cardedal, Fernando Ocáriz, John F. Wippel, Enrique Martínez y, de manera especial, el entusiasmo agradecido con el que se refería a fray Miguel de Burgos y a su amigo y discípulo fray Pascual Saturio. ¿Por qué -le pregunté- admiras a tantas personas? “Porque no sólo el pensamiento sino también el amor -me respondió- nacen de la admiración, porque, aún más importante que la admiración estética es la admiración ferviente a las personas. A mí siempre me ha gustado mirar con atención y admirar con fruición”. Y es que, efectivamente, sólo admiran los seres admirables. Aunque, como tú afirmas, querido Abelardo, vivimos en “la época del olvido”, somos muchos tus amigos que a ti te admiramos y te recordaremos. Que descanse en paz.

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