Al hilo de la conferencia de Mons. Amigo en Cádiz

Manuel Bustos / Opinión / Gabinete Prensa-Cádiz y Ceuta

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El Cardenal entró el pasado día 11 en el Oratorio con su inmensa humanidad y su impecable presencia, en medio de un auditorio deseoso de escucharle. Se trataba de inaugurar, con toda solemnidad, el ciclo “Fe y Cultura”, organizado por la diócesis de Cádiz y Ceuta.

Uno de los temas abordados, como no podía ser de otra manera (estamos en el “Año de la fe”), fue, precisamente, el de la transmisión de la fe en el mundo de nuestro tiempo, en el mundo real en el que convivimos diariamente, con personas indiferentes a veces a lo religioso, críticas con la Iglesia, hostiles con más frecuencia de la deseada al cristianismo, creyentes tibios. Desgraciadamente, todos ellos en perspectiva de crecimiento de cara a los próximos años.

Los esfuerzos del Papa van dirigidos en este año a que el cristiano profundice en la fe, en la fe de la Iglesia; que la avive con la oración y los sacramentos, y la fortalezca mediante un mejor conocimiento de la misma.

Repetimos en todas las misas el Credo, pero rara vez nos paramos a considerar lo que estamos diciendo. Se dice mecánicamente, porque forma parte de la liturgia de la celebración eucarística, pero sin ir más allá. Sin embargo, la fe exige razonar sus contenidos, aunque no todos sean abarcables con la razón. Hoy, quizás, más que nunca.

Además de avivarla, es preciso llevarla a los demás, a la vida corriente, al escenario público, transmitirla. Tal ha de ser el siguiente paso, aquel que nos introduce en ese “atrio de los gentiles”, ese “areópago”, de nuestro mundo y nuestra cultura, necesitados sin duda de Dios, aunque alejados al mismo tiempo de él. Se trata, ciertamente, de establecer puentes, pero sin renunciar a lo que se es.

Hoy goza de buen predicamento entre determinados sectores de la sociedad, incluso entre personas con puestos de responsabilidad dentro de la Iglesia, la idea de una especie de tabla rasa, en donde todo o casi todo estuviese por aprender sobre Dios y lo Trascendente. Consecuencia lógica de ello sería ponerse en actitud de búsqueda, compartida con los hombres interesados en ella, al margen de la creencia o increencia que profesen y, por lo tanto, al mismo nivel. El cristiano sería en este sentido un buscador más, que apenas tiene nada que aportar a los demás, salvo la receptividad de su actitud y la inseguridad ante los contenidos de una fe fijada de antemano. Bien es verdad que este “vaciamiento”, bajo forma de humildad, puede ser más aparente que real. En el fondo ya se tiene el convencimiento de la existencia de algo, de unos principios orientadores de la vida, digamos que con nombre y apellidos, y de que la búsqueda desembocará en su ratificación, tal vez con algunas ligeras concesiones.

Por consiguiente, una vez en posesión del convencimiento por la fe de una serie de verdades, aunque ésta pueda flaquear en ocasiones, sólo nos queda comunicarla con respeto, pero con ilusión. Es aquí, donde, a mi juicio, se halla la actitud correcta.

Hay quien ya posee la fe en Jesucristo, se halla impregnado de ella e intenta llevarla a la vida diaria. Deberá si cabe profundizarla y afianzarla (“!Señor, ayuda a mi incredulidad!”), pues las oscuridades emergen a veces; mas nunca exponerla a la intemperie gratuitamente, ni hacer con ella componendas que ayuden a sobrevivir en una cultura hostil al mensaje cristiano, o nos hagan simpáticos y buenas personas a los ojos de los demás.

Ambas tentaciones gravitan frecuentemente entre los hombres de Iglesia. Puentes siempre, apertura al prójimo también, pero siempre sabiendo que se es portador de un tesoro, y subrayo lo de tesoro, aunque sea en vasijas de barro frágil, que merece la pena preservar en su sustancia, aunque sea compartido con todos.

Por eso mismo conviene también exigirle al Estado respeto a la fe cristiana, para que ésta se pueda manifestar y pueda incidir en el espacio público, sin que ello acarree rechazo o una persecución más o menos velada. Nos estamos acostumbrando demasiado a ver presentar a la Iglesia y al católico como enemigos del hombre, de su felicidad y realización, porque el plan de Dios, las propuestas cristianas, no coinciden con las de la cultura de nuestro tiempo. No se debe caer en esa trampa saducea, pidiendo a la Iglesia que se repliegue, reduzca sus exigencias y acepte ideologías que, como tantas otras anteriores, terminarán cayendo con el paso del tiempo.

La apertura y el diálogo deben hacerse desde la caridad y la comprensión, pero combinándolas con la defensa de aquello que no debe ni puede rebajarse. Tales son algunos de los retos que Mons. Amigo abordó, con magistral dicción, el viernes en el Oratorio, y que deberán ser tenidos en cuenta para nuestra reflexión durante este “Año de la fe” recién inaugurado.

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