Jueves Santo: Día del Amor Fraterno

Guillermo Domínguez Leonsegui / Gabinete Prensa-Cádiz y Ceuta
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Así titulaba su último mensaje para la Cuaresma, que podemos considerar casi su testamento espiritual, el inolvidable Papa Benedicto XVI, quien ha vuelto a hablarnos de un tema muy querido por él: la relación indisoluble entre fe y caridad: “la fe nos hace acoger el mandamiento del Señor y Maestro; la caridad nos da la dicha de ponerlo en práctica”. Y aquí no hay interpretaciones ni manipulaciones que valgan: quien no ama al prójimo, hasta que le duela, aunque diga lo contrario, o no cree o tiene una fe corrompida y enferma.

El Jueves Santo es cada año “el toque delicado” pero firme que Dios, a través de su Iglesia, nos hace llegar para que nunca olvidemos la que es, sin lugar a dudas, la esencia del cristianismo. Me apena, pero me atrevería a decir que, a pesar de los avances científicos y técnicos, la humanidad no termina de crecer en fraternidad. La civilización del amor, tan querida por el Beato Juan Pablo II, se sigue viendo casi como esa tierra prometida que se vislumbra en el horizonte, pero a la que no se termina de llegar. Nos falta la caridad heroica capaz de dejarse humillar por amar y servir a todos, empezando por los más pobres.

Es cierto que, gracias a Dios, vemos personas que nos edifican con su entrega sacrificada, en silencio, sin buscar la recompensa de este mundo ni el reconocimiento de la Iglesia. Ellos saben que su premio será el mismo Dios en el cielo; pero no dejo de pensar que siguen siendo pocos y, en ocasiones, están más solos que acompañados en su labor.

Nuestro Obispo, Don Rafael, nos decía en su Carta Pastoral con motivo de la Cuaresma: “Cómo me gustaría que la cuaresma de este año fuese en nuestra diócesis la Cuaresma de la Caridad… el mundo necesita esperanza, respirar buenas noticias, saber que la grandeza de la meta compensa la fatiga del camino, que no estamos solos, que el Buen Pastor va con nosotros.”

Es cierto, el mundo necesita esperanza, y esta esperanza no va a venir de los grandilocuentes discursos, ni de los sesudos documentos, ni de los programas políticos, ni de las reformas económicas… la verdadera esperanza, la que no defrauda, vendrá desde la caridad vivida que cambia los corazones, y estos corazones nuevos sí que podrán cambiar el mundo. Pero para eso hay que dejarse fascinar por Jesucristo; “que pasó haciendo el bien”, y, como nos dijo el Papa Francisco, al comenzar su pontificado: “sin tener miedo de la bondad ni siquiera de la ternura”, porque, aunque así podamos parecer más frágiles, no es cierto, cuando por amor nos hacemos débiles, entonces somos más fuertes que nunca.

Los hombres nuestros hermanos, los que no cuentan, los que estorban al mundo con su pobreza, necesitan justicia, caridad y esperanza. Nuestro reto, nuestra obligación, es dárselas, porque: “Si los cristianos de hoy no sois capaces de dar alegría y esperanza, retiraos: no tenéis nada que ofrecer” (Georges Bernanos).

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