Salir de las periferias, por Pedro Fernández Alejo, trinitario, capellán del C. P. de Algeciras

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Mons.Zornoza en Botafuegos

Mons.Zornoza en Botafuegos

Ante el día de Nuestra Señora de la Merced. Secretariado Diocesano de Pastoral Penitenciaria. Diócesis de Cádiz y Ceuta, Centro Penitenciario de Botafuegos – ALGECIRAS

La Fiesta de Ntra. de la Merced, patrona de los presos, cuya celebración es el día 24 de septiembre, nos invita a los cristianos y gente de buena voluntad, a repensar el Evangelio de Jesús de Nazaret desde la perspectiva del “encuentro”. Jesús estaba en constante movimiento; su misión era itinerante y recorría  los caminos de Galilea y de Judeaen busca demarginados y excluidos,de leprosos y endemoniados que salían de los sepulcros y  habitaban en lugares inhóspitos e inhumanos. Salía al encuentro de todos aquellos que, por el camino de la vida, seguían suplicando migajas de compasión, de alivio de sus sufrimientos, de dignidad para sentirse personas.Salía, incluso, más allá de los límites geográficos y religiosos de Israel, como Samaria, Tiro o Sidón. Jesús convirtió su vida en un permanente “encuentro”  con todo aquel que le necesitaba, o que él veía que necesitaba ayuda. Por eso su actitud era la de estar siempre en marcha;“vayamos a otras aldeas cercanas…”, “salid a los caminos…”

Este fue el legado que nos dejó Jesús desde sus actitudes y su Palabra. Nos encomendó una misión claramente exigente y comprometida: “id por todo el mundo anunciando la Buena Noticia del Reino”. Y esa Buena Noticia tiene unos destinatarios bien definidos: “los pobres son evangelizados”. Ellos son los primeros en  recibir  esa Buena Noticia de que Jesucristo les ama y que son sus preferidos. Lo dejó bien claro cuando proclama bienaventurados a los pobres, a las víctimas de las injusticias, a quienes lloran por mil razones sufrientes, a todos los que soportan con su hambre y desnudez el egoísmo de los prepotentes de este mundo, a quienes no se les respetan sus derechos ni su conciencia y padecen persecuciones y violencia. Todos ellos, los dichosos del Reino, saben que tienen a su lado hombres y mujeres que encarnan la esencia del Espíritu de Jesús, que están imbuidos de los mismos sentimientos de Cristo, se llaman cristianos,  seguidores del Nazareno, que se enrolan en esa acción eclesial y evangelizadora que es  la Pastoral Penitenciaria, y son los que salen a su encuentro para llenar sus vidas de esperanza, de libertad, de paz y misericordia; que trabajan sin desmayo por defender los derechos y la dignidad de los pobres, los desposeídos y desahuciados, los hijos de la violencia y los que sufren la esclavitud y la cárcel.

La Iglesiade hoy se pone en marcha saliendo, como Jesús, a los caminos de la vida, a los márgenes de la existencia donde habitan los seres humanos que  cuentan poco o nada para esta sociedad opulenta, marginadora y excluyente. Una sociedad que se envuelve en su burbuja egocéntrica de consumo, materialismo y deshumanización. El Papa Francisco, alentado por el Espíritu  profético de Jesús, nos anima y compromete a los cristianos para salir a las periferias de la sociedad. Así los expresaba en la Misa Crismal del Jueves Santo (28/03/2013) al dirigirse a los sacerdotes pidiéndoles que estén atentos a la“periferia existencial. “Hay que salir a experimentar nuestra unción, su poder y su eficacia redentora: en las “periferias” donde hay sufrimiento, hay sangre derramada, ceguera que desea ver, donde hay cautivos de tantos malos patrones. …que la unción llegue a todos, también a las “periferias”, allí donde nuestro pueblo fiel más lo espera y valora”. “La Iglesia «en salida» es una Iglesia con las puertas abiertas. Salir hacia los demás para llegar a las periferias humanas no implica correr hacia el mundo sin rumbo y sin sentido. Muchas veces es más bien detener el paso, dejar de lado la ansiedad para mirar a los ojos y escuchar, o renunciar a las urgencias para acompañar al que se quedó al costado del camino. La Iglesia «en salida» es una Iglesia con las puertas abiertas.(Cf Exhortación apostólica, La alegría del Evangelio, nº 46)

            Franciscotransmite una preocupación constante, al mismo tiempo que una exigencia hacia la Iglesia, el que debe vivir una actitud de salidade aquellos a quienes Jesús llama y convoca en su Iglesia para ser portadores de la Buena Noticia liberadora, hacia los que viven en los “márgenes, en la periferia” de la sociedad. Entre todo ese submundo de excluidos, marginados y arrojados a las afueras de la ciudad están los presos. Los miembros de la Pastoral Penitenciaria  no se detienen ante las dificultades  inherentes a la acción “misionera y evangelizadora” y emprenden el movimientode salida hacia los lugares donde están recluidos los privados de libertad. Las cárceles están ubicadas a las afueras de la ciudad, y muchas de ellas, en zonas de descampado y muy alejadas de los centros urbanos. Otra dificultad añadida sobreviene al hecho de que esta labor evangelizadora hay que realizarla en un ámbito ajeno a lo eclesial; no estamos en “nuestra casa”; no disponemos ni de los tiempos ni de los espacios para ejercer la misión; hay que ajustarse a una estructura civil donde predomina la vigilancia y el control, la seguridad de las personas y los espacios. Sin duda que tambiénpodemos gozar de la colaboración y buena voluntad de las Instituciones Penitenciarias que asumen la presencia de la Iglesia como un factor muy positivo para la vida de los internos, y que se realiza la prestación de un servicio, gratuito y desinteresado, que aporta a la Institución  una ayuda muy valorada y estimada.

Esta acción de salida y encuentroque ejerce la Pastoral Penitenciaria, no es solo la que realizan unos cuantos “locos” enamorados de  los pobres, marginados y encarcelados, es y debe ser, la acción de toda la Iglesia, de las comunidades parroquiales, tan rica en dones y carismas, la que tiene la obligación, como imperativo evangélico, de asumir el compromiso de acercarse a las prisiones, desde la Pastoral Penitenciaria, para llevar la “esperanza de liberación” evangélica a todos los privados de libertad y asumir la suerte de aquellos que son “arrojados” a las afueras de nuestra sociedad, y que nos están demandando la urgente necesidad que tienen de retornar a su familia y a la sociedad plenamente reinsertados y puedan gozar, una vez cumplida su condena o parte de ella, de la libertad integral a la que tienen derecho.

Ellos, los presos, son nuestros hermanos, son nuestro Cristo, en quien creemos y a quien seguimos. Esta verdad nos exige coherencia y compromiso. Ellos nos interesan, son personas significativas en nuestras vidas, son miembros de nuestras comunidades parroquiales, son, en definitiva, los que dan razón de nuestra fe verdadera en Cristo Jesús el Libertador.

Al igual que María, la Madre de las mercedes y gracias para sus hijos despojados, que salió y fue  aprisa a la montaña para visitar a su prima Isabel y compartir con ella la gracia de la maternidad, también nosotros que amamos a nuestra Madre María como corredentora nuestra, hemos de salir de nuestras comodidades y aburguesamientos humanos y religiosos e ir al encuentro de quienes, por distintas circunstancias de la vida, han perdido el don tan precioso de la libertad.

Pedro Fernández Alejo, trinitario

Capellán del C. P. de Algeciras

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