La Isla teme por sus Capuchinas

Arturo Rivera / San Fernando / Diario de Cádiz

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Un detalle del campanario de la capilla del convento de las Capuchinas, ubicado en la calle Constructora Naval. Foto: Diario de Cádiz

Un detalle del campanario de la capilla del convento de las Capuchinas, ubicado en la calle Constructora Naval. Foto: Diario de Cádiz

  • La congregación se plantea el cierre de este convento de clausura, muy arraigado en la ciudad, pero en el que solo habitan ya cuatro religiosas, tres de las cuales superan los 80 años

En el convento de las Capuchinas solo quedan cuatro religiosas, tres de ellas con más de 80 años. Así que la orden, ante la falta de nuevas de vocaciones que permitan mantener la continuidad del monasterio, se plantea el traslado de las monjas de clausura a otra comunidad más numerosa, lo que inevitablemente supondría la desaparición de una congregación asentada en La Isla desde hace 126 años y estrechamente vinculada a la ciudad y a sus cofradías. Todo un símbolo cargado de historia -otro más- del que la ciudad parece que tendrá despedirse dentro de poco.

Por el incierto futuro que depara al convento dada la avanzada edad de sus inquilinas hace tiempo que temen sus más allegados, que conocen bien estos planes de reorganización que baraja la congregación. Recientemente, sin embargo, se ha empezado a hablar de la inminencia de dicho cierre y traslado, lo que ha acrecentado la preocupación ante el futuro de las Capuchinas en San Fernando.

Ayer, desde el propio convento se reconocía que la orden se plantea esta posibilidad desde hace algún tiempo, aunque -aseguraban- no hay una fecha concreta. “No sabemos cuándo será”, explicaban. “Solo somos cuatro, pero todas estamos en activo y estamos bien”, precisaban. Afirman en esta reducida comunidad que son capaces de afrontar el día a día del convento. No es un problema de salud a pesar de su avanzada edad. Otra cosa -advierten- es la falta de vocaciones que inevitablemente deja en jaque el futuro de la clausura, obliga a cerrar conventos y a agrupar a sus comunidades. “Acataremos la voluntad de Dios. Si nos tenemos que ir, nos iremos. Pero no sabemos cuándo será”, insistían.

El arcipreste de la ciudad, el sacerdote Alfonso Gutiérrez Estudillo, aseguró por su parte que el Obispado no entra en este tipo de decisiones, que corresponden en exclusiva a la autonomía de la orden y de sus conventos. “Se habla de este tema desde hace bastante tiempo dada la edad que tienen las religiosas. No es nada nuevo. Hay muchos rumores pero nada en claro”, puntualizó al referirse a la situación de las Capuchinas.

Mayor preocupación han mostrado las cofradías que están más vinculadas al convento, como Medinaceli y Prendimiento. No en vano, las Capuchinas constituyen también un referente para muchas hermandades e, indiscutiblemente, para la Semana Santa isleña. Para ellos tampoco ha sido una sorpresa. Estrechamente relacionados con la comunidad, hace tiempo que escuchan hablar de lo mismo y temen por su suerte. Aunque, al igual que las religiosas, reconocen que no saben a ciencia cierta si se trata ya de una decisión definitiva y con fecha.

“En realidad, no es solo una cuestión de las cofradías. Va más allá. Las Capuchinas significan mucho para San Fernando”, reflexionaba ayer Eduardo Coto, el hermano mayor de la archicofradía de Jesús de Medinaceli, una de las hermandades isleñas que mayor vinculación guarda con esta congregación que en 2005 -hace ahora diez años- recibió la Medalla de Oro de la ciudad “por su entrega y solidaridad” a iniciativa de esta propia cofradía, que consiguió reunir miles de firmas y adhesiones.

Lo mismo ocurre con los hermanos de Prendimiento, otra corporación relacionada desde sus orígenes con la capilla de las Capuchinas y sus monjas de clausura. Su hermano mayor, Rafael López Ponce, insistía también en su preocupación al respecto.

Otra cuestión que queda en el aire sería el posible uso que en el futuro podría tener este histórico inmueble, al que previsiblemente el Obispado podría dar otra finalidad tras el traslado de las religiosas. Se trata de una antigua casa del siglo XIX transformada en convento que adquirió su fisonomía actual en torno a 1911 tras la intervención que coordinó el arquitecto Juan Cabrera y La Torre. Se considera un clásico ejemplo de arquitectura doméstica, fiel a las normas de austeridad y frugalidad que impregnan el espíritu de la orden.

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